Sentí el éxtasis de un efímero amor de cipotes ilusionados que yerran
por la inexperiencia que les proporciona la poca distancia recorrida en el
camino de la vida. Pocos amores son sinceros y puros como el primero. Será
porque se tiene todavía el alma limpia, después que a uno lo dañan, lo
ensucian.
Si tengo que elegir mi más grande amor, tengo que recordar el de
aquella apasionada y apasionante muchacha de los ojos verdes, que anda por ahí, que se me entregó toda y me le
entregué todo.
La hubieran visto cuando la conocí, era como un regalo para el corazón. La luz de sus ojos
verde claro como vergel, la música de su voz, la dulzura de su sonrisa, daban
su resplandor al entorno. No era muy alta — Supongo que un metro sesenta máximo—, sus cabellos castaño oscuro rizados, caían por sus hombros. Tenía unos senos hermosos, redonditos, de muy buen tamaño, que le daban su atributo más celebrado. Era de contextura delgada, de lánguidas piernas, no tenía tan marcadas las curvas en su cintura, pero era llamativa.
Nos conocimos mientras estudiábamos en el colegio de carmelitas, San José, nido de aves de rapiña y
lombrices apologistas, ubicado en el hueco de La Campaña. La conocí a través de un amigo que me comentó que se
gustaban. Fui presentado a ella por mi amigo:
Te presento —me dijo— Quiero que la conozcás; de quien tanto te he
hablado.
En efecto, mi amigo tenía muy buena opinión y gusto, ella tenía
una fama de ser una niña simpática, divertida, alegre: una suma indefinida de
virtudes. Nunca pude negarle a mi amigo que ella me interesaba, pero siempre lo
expresé con respeto. Me pareció que anduvieran, puesto que yo jamás hubiera
tenido una oportunidad en ese momento, bien me pareció, pero con un ápice de
envidia, de esa envidia que no ensucia tanto la consciencia. Ese efímero y
pueril noviazgo me sirvió en el futuro: si ella no hubiese salido con él, yo no
hubiese salido con ella ni nos hubiéramos hablado, tal vez con la excepción de
algún saludo sin importancia. Enserio, desde que la vi provocó en mí una
fantasía, nos hicimos amigos durante asistí al colegio, nos llevábamos
juntos en los recreos, yo quería mucho a
su novio, mi amigo. Y ella, yo no sé por qué, me había agarrado cierto cariño.
Solía verla muy ilusionada, ése era su primer novio, y tenía un novio que
había varias carmelitas que querían quitárselo, eso le molestaba. Su noviazgo
terminó pronto, recuerdo que por culpa de su padre, al darse cuenta el viejo,
la llevó con él todos los recreos al aula de maestros, la tenía sentada,
castigada, para que nadie se la viera, para que nadie se la quisiera, solo él.
Yo era feliz en el instituto carmelita. Las amistades, ella, las instalaciones,
eran ideales para mí. Yo estudiaba en la sección ‘’C’’, ella en la ‘’D’’, que se encontraba a la par de la mía, en el primer piso.
En
mí aula conocí a unas compañeras que estaban un poco informadas de cuestiones
sexuales que a mí me pasaban desapercibidas, yo era un tarugo, pero tuve
curiosidad y ellas me empaparon de conocimiento. Todo comenzó camino de Clara María en el Zamorano, en un
pueblito de nombre Chagüite, en el desvío de una escuelita que no recuerdo el
nombre, rumbo al retiro espiritual tradicional del instituto. En el bus íbamos un
buen grupo de alumnos, que comenzamos, por petición de las muchachas, el
jueguito de enseñarles la verga.
— Sáquensela, muchachos —nos decían—. Queremos vérselas.
— Acá es peligroso, chicas. Nos pueden ver y echarnos tierra.
— ¡No sean maricas! ¡Sáquense la verga!
Decían las púberas carmelitas, y yo, atónito ante semejante
actitud, no sabiendo cómo reaccionar, pero queriendo ser aceptado por ellas, terminé
cediendo. Ese día comenzamos el jueguito, jueguito que seguimos todos los días
en el aula de clases. Rodeaban nuestros pupitres, el del negro, el de Piro y el
mío, para que así nadie pudiera ver nuestras morbosidades:
— ¡Quiero verte acabar! — Me decía la más bonita de las tres
púberas putillas—.
— ¡Vamos pues, cagado! ¡Te la quiero jalar!
Fuimos al baño, esperamos a estar solos, entramos, cerramos la
puerta con llave. Yo estaba nervioso, temblaba mi cuerpo, se acercó, me abrió
el pantalón, me sacó la verga rígida, como tronco de Ceiba y la cogió en su
boca. La boca de esa puta carmelita era sabia y amorosa, y su succión se
prolongó bastante provocando en mí ondas de voluptuosidad que desconocía en ese
momento. Incomparablemente intensa, chupó y chupó tan fuerte mi verga, y cuando
estaba próximo a venirme, se alejó y miró fascinada como expulsaba mi semen. Fuimos
en secreto, regresamos en secreto y nos callamos el suceso. Al menos eso pensé
yo, pero no fue así. Como todas las verdades salen a la luz, alguien del grupo
zapeó con algún compañero, y él con otro, hasta que llegó a oídos de la
orientadora, Drilcia: la mujer más fea del planeta, con ojos de lechuza
abrumada, y mala.
Unos días después, una mañana durante la clase de Actividades Prácticas, llegaron por
nosotros al aula, dijeron nuestros nombres, y yo supe inmediatamente que ese
era el fin, lo sabían todo.
— ¡Nos descubrieron, negro, estamos jodidos!
— Calmate, maje. Podría ser por otro asunto, de ser por eso, vos
negalo todo.
La muchacha de los ojos verdes me lo había advertido, que esos
juegos terminarían mal. Sí. Nos habían descubierto, y la putilla carmelita, que
había sido el artífice de todo el lance, había comenzado su escena histriónica, convenciendo a todos de que era víctima no victimaria. Que bien salvó su pellejo la púbera . La admiro, era una cipotilla, pero se sabía todas las artimañas para
salirse con la suya. Le creyeron todos, nos acusaron injustamente (en parte) y
nos expulsaron prohibiéndonos para siempre la entrada al instituto. Nos separamos la muchacha de los ojos verdes y yo, ella nunca me juzgó, al menos en persona, hablábamos
por teléfono de vez en cuando, eso no bastó para que no volviéramos a
vernos, en esta época de las redes
sociales volvimos a encontrarnos con facilidad, pasó mucho tiempo, si, pero fue el preciso, considero ahora.
Llovidos unos años, habiendo perdido todo contacto, durante una noche
del sábado 2 de diciembre, me encontraba en un restaurante de La Hacienda, que frecuentaba con mis
amigos para comer y beber los fines de semana, donde casualmente coincidimos.
No miento escribiendo que me cuesta expresar con palabras la emoción que sentí
al verla: toda de negro, más linda que nunca, siempre brillando su sonrisa,
aquellos ojos verdes se iban posesionando de mí, acrecentándose su poder, con
su mirada ávida, desvergonzada, dejándome la voluntad aniquilada. Nos
saludamos; nos sentamos en la barra del bar, que se encontraba en el centro del
local; sentimos una extraña atracción mutua y… La amistad se desbordó. Acabé
yéndome a su mesa a tomar una cerveza, hablamos del tiempo pasado, del futuro,
de nuestros sueños, y entonces, pareciéndome ser superior en todo sentido a las
demás mujeres que me rodeaban, decidí que la quería para mí, que valía
demasiado y que no podía desaprovechar la oportunidad. Fue en ese momento que
me dispuse a hacer todo lo que estuviera en mis manos para que ella me quisiera.
Ya no era yo el niño que había conocido, esta vez sabía tratarla, ya había
tenido alguna experiencia, me sentía seguro.
— ¿Nos veremos de nuevo?
— Sí. Claro. Llegá a visitarme la otra semana, ¿Te acordás adónde
vivo?
— ¡Por supuesto! Ahora debo irme con mis amigos. No tengo como
regresar a casa y ellos se fueron acá nomás a la avenida Berlín.
Me dio un beso en la boca, me abrazó, me monté al taxi y partí. La
noche con ella culminó de la única forma posible: esplendida. Nos besamos y habíamos
quedado de volver a vernos, de platicar, de salir juntos. Desde ese día fui todos
los martes y jueves a visitarla, nos quedábamos fuera de su casa; en las
graditas del pasillo del garaje; allí nos conocimos, nos gustamos y nos
enamoramos, enajenándonos en la extraña y única sensación del primer amor, del
que es más limpio que los demás que vienen después.
Diez días pasaron en los que nos vimos y hablamos horas y horas en
‘’son de cortejo’’. Un martes 12 de
diciembre, habiéndome ya mostrado sin máscara ante ella lo suficiente como para
dar el siguiente paso, le pedí que fuera mi novia, que me tomara de la mano, y
lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Recuerdo como sus ojos se detuvieron en
mí, llena de dudas, sabiendo que se arriesgaba mucho conociendo mis hazañas
pasadas de loco adolescente.
— ¿Querés ser mi novia? Te quiero, me gustás, te sueño, desde
siempre.
— No sé, no estoy segura.
Típica respuesta en las mujeres que quieren dárselas de lo que
llamamos acá ‘’Socadas’’, reacciones de puro orgullo y egocentrismo que
terminan sin valor, puesto que responder en un segundo o tres minutos después
termina dando lo mismo. Al cabo de unos minutos de ambages, sonrojada porque a
pesar de dudarlo, lo deseaba igual o más que yo (al menos eso quería creer), huyendo
de mi mirada, con fuego en el rostro, me dijo:
— ¡Sí! ¡Acepto!
Y yo, gran ingenuo, en ese barrio El Hogar, que siempre al recorrerlo me trae tantos recuerdos
gratos, escuché una voz anónima que me dijo: ¡Lo has logrado, pendejo! Desde
entonces nos hicimos inseparables y parecíamos indestructibles.
Al salir del colegio de la 15
de septiembre, lo primero que hacía era irme para su casa, muchas veces
llegaba antes que ella porque yo salía más temprano que ella. La esperaba en su
sala, su madre conmigo, pero sin hablarme, sin ofrecerme un vaso de agua, si
voltearme a ver, se sentaba en una silla, seguramente para incomodarme, seguramente para
que sintiera que no me quería, yo agarraba
el control de la teve, la encendía y buscaba algún video musical en VH1 o algún
resumen deportivo, me quedaba allí, sintiendo los minutos como horas, hasta que
escuchaba el portón, la zagala de ojos verdes venía, me paraba inquieto, le abría la puerta y le
daba un abrazo. Nos quedábamos en su sala hasta la noche, hasta que al dar las
nueve, el señor profesor de español, su padre el zarco, señal de que el tiempo
de visita había expirado, comenzaba a darle llamados como para que me fuera,
que ya era muy tarde, que era un día de semana, y entre ‘’supuestos’’ murmullos
nada silenciosos o privados, le decía:
— ¡Sacá al perro, hija!
¿Sacá al perro hija? —Me preguntaba yo en silencio—.
— ¿Sacan a consciencia (su perro) a pasear? — Le pregunté a mi
novia—.
— El perro sos vos —me respondió—.
Y otra vez y otra vez lo hacía. Así se refería a mí el zarco
panzón, que tenía apariencia de San Nicolás, y que ella tanto amaba, con la
locura de la única hija consentida como princesa. El zarco era un viejo de
apariencia amargada, pero chabacano y de buenos sentimientos. Era maestro de
español en el instituto religioso de carmelitas del que tanto les hablé (¿Cómo
iba a quererme si se había dado cuenta de aquel lance vergonzoso?), también
había escrito la letra del himno del instituto, y era director de un colegio
público que no recuerdo el nombre, era un hombre de ciertas letras, no un
pelele. Era un hombre celoso. El caso es que me malquerían sus padres, porque
pensaban (y no se equivocaron) que les iba a pervertir a su angelito, que tenía
edad suficiente para que el buen juicio supiera sofrenar los amagos de la lujuria.
A mí todo me tenía sin cuidado; sus padres y sobre todo su hermano del medio,
que solo era llamado para celebrar las obscenidades de su vocabulario, como un
muñeco que no había más que darle cuerda. Un total imbécil que se las tiraba de
gracioso sin serlo, y de paso afeminado de esos que estorban, y no es que yo
sea homofóbico, para nada, al contrario.
Llegaba a su casa sin importarme como regresaría a la mía, llegaba
algunas veces con las bolsas vacías. Caminaba largas distancias por las calles
de Tegucigalpa o me montaba impávido en un bus de ruta, que me llevaba al
segundo bus, porque vivía un poco lejos, acá en el sector occidental de la
ciudad, en Comayagüela. Nada me importaba más que verla y escucharla sonreír.
Cinco meses duró el efímero noviazgo. Como lo dije antes, en su
casa no me querían (y con razón), y eso debilitó y dificultó la relación, pero
había algo más…
Durante el tiempo que dejamos de vernos, la zagala de ojos verdes
tuvo un novio Salesiano, Mentecato se llamaba.
Ocho meses estuvo con él, había sido su segundo novio después de mi
amigo, y su primer capricho. Lo había querido mucho, se había ilusionado, pero
no había funcionado su relación, Supongo por el sopor de Mentecato. Un día ella
me comentó que Mentecato le había mandado un mensaje de texto a su celular, que
la saludaba, que no era nada importante, nada con malicia, y que ella le
respondía igual. Evidentemente yo no lo pensaba así, es cuestión de una cosa:
tengo verga. No me engaña otra más chica.
— ¿Por qué le contestás los mensajes?
— No es nada malo, así dejémoslo.
— Lo ocultás porque tengo razón. ¡Pasá ese celular! Yo le contestaré.
— Ridículo, no te aguantaré estas cosas.
Cuando le respondí el mensaje, ella se enojó, seguramente preocupada
por lo que Mentecato pensaría, seguramente preocupada porque él se enojaría con
ella, porque ya no coquetearían más a mis espaldas. Había regresado para estropearnos
todo. Si supieran como me ardía el alma de pensar que podía engañarme con él (y
podría asegurar que pasó), seguido le reprochaba que estaba conmigo por no
estar sola, por sacarse el clavo, y que si terminábamos regresaría con el hijueputa
y que yo valdría mierda. Sucedió nuestra ruptura por teléfono. Su padre le
había dicho que ya no podía llegar a verla, y encima, yo tenía muchos problemas
con mis celos patológicos.
Terminamos por teléfono, ya que no podía ir a verla, en los
primeros días de mayo, y le dije:
— En cuanto estés libre vas a correr a los brazos de ese palurdo.
— Verás que no será así y te arrepentirás. Sos un patán.
Sucedió tal como lo predije, no me equivoqué, a los dos meses
había regresado a su historia sin fin (como ella le decía cuando le escribía), había
vuelto con el ser más aburrido del planeta tierra. Ella con él y yo en soledad,
extrañándola.
¡Como me cambió todo eso!
Me volví más duro y frío. Dejamos de vernos, yo estaba muy resentido y ella muy
feliz. Si bien no la veía, si chateábamos en el Messenger, nunca quise alejarme de ella del todo, no podía. Yo
siempre estuve pendiente de su vida, no pude superarla, tenía la esperanza de
que volviera conmigo en algún momento, que todo era transitorio, que éramos el
uno para el otro.
Pasaron dos años y cuatro meses, desde el día que tomamos caminos
distintos, hasta que volvimos a encontrarnos. Yo no había tenido otra novia,
había quedado marcado por sus besos y sonrisas. Hablamos por teléfono, yo la
sentía muy coqueta, me daba entrada, quería verme, me comentó que las cosas con
su novio no andaban bien, nos actualizamos y recordamos viejas historias.
Estaba cercana la fecha de su cumpleaños y me pidió que llegara a visitarla,
que quería verme, estar conmigo.
— No creo que venga. Nos peleamos, estamos mal. Si viene le diré
que se vaya.
— Nos vamos a pelear seguro, él se volverá loco. Es muy incómodo.
— Es un marica, no hará nada. Se irá, para no perder su amada
costumbre de huirle a todo.
— Está bien. Hasta pronto.
17 de septiembre, día de su cumpleaños. Le pedí a mi amigo Juan
que me llevara a comprarle un regalo, que fuera a dejarme y que después
regresara por mí, cuando yo le llamara. Juan siempre respondía por uno, era el
único apoyo que teníamos en la crápula. En fin, volviendo del excurso: Llegué a
su casa, le entregué una tarjeta de tamaño grandote y unos dulces. La abracé, y
entré al campo de batalla.
— Ya no es lo mismo con Mentecato, se apagó la llama. Las cosas no
están bien —Me dijo anteponiéndose a cualquier pregunta que pudiera formularle—.
Platicamos un rato, ella me miraba y sentí que con sus ojos
hermosos me decía: Me hacés falta, ¿Podés regresar? Recuerdo que todavía me
quemaba por dentro su presencia, quería besarla y tocarla, quería que supiera
que incluso cuando callé la tuve presente en mi mente, que no dejé pasar un día
sin pensar en ella. La pasábamos bien hasta que llegó Mentecato, con su saco
café oscuro, su corbatita, como petimetre barato, y unos chocolates, el
ambiente se puso tenso, pasó a la sala, nos miramos y no cruzamos palabra. Me
senté, él se acerco a ella como para decirle un secreto, y entre murmullos
escuché que le decía: Tenemos que hablar a solas. Salieron
al garaje, hablaron un rato —pensé que tendría que irme y estaba nervioso —, pero quien se largó fue él. Ella
lo había corrido para quedarse conmigo, pobre humillación la que pasó el
hijueputa, había sido cambiado en sus propios ojos por mí, por lo visto yo era
lo que ella necesitaba. Jamás me sentí tan poderoso como esa tarde victoriosa,
y tras besarla con la misma potencia que lo hice siempre, agarrando sus rizos
castaños, sus lánguidas nalgas, me sentí la puta mierda. Estuvimos juntos como
si nada hubiera pasado, como si lo habíamos estado siempre, como si no había
existido Mentecato. Recuerdo que para cuando ya me iba, entré a la cocina, la
agarré y la besé con pasión, en eso entró su madre y nos vio. Le gritó (Ella
amaba a Mentecato, y no entendía porque estaba yo y no él), salí de la casa, me
monté en el Honda Civic negro de Juan, y me fui contento. Esta vez se sentía un
aire de mejoría, parecía que por fin éramos solo ella y yo.
Pasamos un tiempo reconociéndonos, poniéndonos a prueba, para ver
si podríamos volver a estar juntos oficialmente. Pasaron dos meses, un 20 de
octubre, cuando le pedí que fuéramos novios de nuevo. Yo era entonces nuevo en la universidad estatal (U.N.A.H). Y era —
¿Cómo era yo?— como son todos los estudiantes: joven, despreocupado, franco,
entusiasta, soñador, lector de novelas, pero renuente a los libros de texto, y
como soy ahora, también era entonces un inconsciente, pero era algo más de lo
que suelen ser los demás estudiantes: poeta y novelista. Escribía, pero jamás
mostré algo que hubiese escrito, me lo guardaba para mí, escribía para llenar
mi vacío. A la zagala de ojos verdes le escribí un poema1, pero
nunca tuve el valor de dárselo, pensaba que no valía la pena lo que escribía, y
sigo pensándolo.
Ella también estudiaba en la universidad autónoma, yo estaba en la escuela
de Arquitectura y ella en la de Química y Farmacia (profesión con mala fama,
¿Sabe usted por qué, visitadora?). Para esa
época yo era más libre, tenía mi carro y podía llegar a visitarla más seguido y
darnos alguna escapadita con afán de faena en alguna calleja obscura para
entregarnos el uno al otro, entre el sudor empañador de ventanas. Solíamos
regresar juntos de la universidad a su casa, almorzar y pasar un rato ameno, se
nos iban las tardes platicando de ya no recuerdo qué, ¿Qué podría ser? No
teníamos mucho que decir. Sus parientes
y amigos siempre dijeron de mí: ¡Es un hijo de puta malcriado, ateo y
mujeriego! Sobre todo la mamá que jamás me perdonó haber roto su confianza un
día que nos encontró besándonos, mientras mi mano levantando la camisa blanca
con rayas negras horizontales de su hija, tocaba sus pechos. Nunca le gustó dejarnos
solos, y siempre nos obligaba a acompañarla si tenía que hacer algún mandado. El
pudor no existe entre muchachitos rijosos, señora. Yo no podía pensar en más
que el cuerpo de su hija ¡Ay, mamás, como se engañan! ¡Si supieran!
Sus amigos no me importaban, algunos no me caían bien y la mayoría
me daba igual, claro está que eso es contraproducente; las mujeres esperan que
sus padres, hermanos y amigos amen a su novio, a mi eso me parecía de mal
gusto, pero ya no. La verdad es que los años nos hacen cambiar mucho, tanto que
el hombre que somos hoy es totalmente distinto al que fuimos ayer, y quien sabe
al que seremos mañana. Si contara tantas cosas bonitas que pasamos juntos la
novelita sería solo entre ella y yo, y no es el plan del autor. Nuestro amor
subsistió así de bonito por un tiempo, después mi carácter y temperamento —me
apena decirlo—, por causa del demonio Dionisos, sufrió una alteración funesta. Al
cabo de un año de relación me volví más irresponsable, comencé a voltear a ver
otras mujeres, cosa que no hice por mucho tiempo, pues lo tenía todo con ella.
Creo que la inmadurez de la edad, del sentir que ya era mía, me dio una
seguridad que me inclinó a tomar pésimas decisiones. Me convertí en un patán y
perdí un tesoro. Nuestra relación acabó porque la engañé con otra mujer, cuyo
rostro y nombre olvidé, cayendo en la ignominia y perfidia que representan el
lastimar a una persona que te quiere y confía en vos, el ensuciarse de esta
manera corresponde a la más baja estofa moral, de la cual yo he formado parte,
pero que he tratado de no hacerlo, que ya no quiero hacerlo. Es encarcelador el poder de desvanecer a una
persona que te quiere. Aquellos que jugamos con los sueños ajenos, lo pagamos
con la realidad propia.
Me porté como soy: un traidor. Tal vez estaba demasiado
concentrado en mí. Mi propia personalidad se me había vuelto una carga. Después
que ella se diera cuenta, nos separamos dos meses, y yo partí con alguien más,
me arrepentí desde la mañana siguiente, y comencé a luchar, en una agonía por
volver que finalmente cedió a mi favor. Ella, con su nobleza característica,
finalmente contestó mis llamadas —la llamé todos los días durante dos meses—, y
volvimos a vernos. Un día en la universidad, por la mañana, platicamos y le
pedí otra oportunidad. Esta historia es como una tragicomedia porque habría de arruinarlo
todo de nuevo al cabo de dos semanas de haber regresado ¡Qué payaso! Yo tenía
muchos problemas con mi forma de beber y estaba en la cuerda floja con ella,
nos peleamos en una reunión, justamente porque me estaba pasando de tragos, y ella
se fue dejándome botado y provocando en mi una ira seducida por la embriaguez,
yo me quedé, y dije cosas que no debí decir. Al día siguiente me levanté, sin
recordar una sola parte de la peliculita de la noche anterior, la llamé,
pensando que simplemente estábamos peleados y que se resolvería pidiendo unas
disculpas, y me di cuenta que Baco había arruinado mi relación con ella, para
que me quedará solo con él. Habíamos
terminado para siempre lo que pensé que nunca acabaría, ¡Ojalá hubiera pensado
mejor las cosas! Hoy no la conozco y ella no me reconoce, yo sigo siendo el
mismo en su mayoría, solo que sabiendo apreciar. El mismo me refiero a ese que
ella amó y que fue real aunque no le pareciera. Pero ella si ha cambiado mucho,
y cambiando nos alejamos para siempre. Empacó sus sentimientos y se largó, tuvo otro amor más
grande que el mío, y el lugar que ella ocupa para mí, no lo ocupo yo en su
historia.
Lo más que he hecho por un amor es romperlo, y no me refiero a un
hacer positivo, sino al contrario. Para mí, que era lo único que importaba, ella
era la más bonita (sigue siéndolo porque la he visto un par de veces), pero ya
no pienso así por amor, sino por nostalgia. De día en día me volví taciturno,
más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con las
mujeres un lenguaje brutal, y con el tiempo las afligí incluso con violencias
personales y verbales. Naturalmente mis mujeres notaron el cambio de carácter.
No solamente no les hacía caso más que para fornicar, sino que les rompía el
corazón. Por lo que se refiere al primer amor, aún despierta en mí la
consideración suficiente para pensar en ella de una forma diferente. Para las
demás perdí los escrúpulos. Cuando me han querido bien he tratado de huir y me
he equivocado, como si repeliera el respeto y el cariño sinceros, como si
estuviera destinado a rodearme de Celimenes y a ser un Alceste.
1: ‘’En
agosto, durante el paso de las perseidas clamé tu nombre, pedí no que
regresaras, sino que estuvieras sonriendo. En las páginas de los libros te
encuentro, te revivo y te añoro. En las noches de plenilunio donde juramos que
brillaríamos siempre y…’’
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